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Wagner Gotterdammerung (Keilberth Bayreuth 1955) [ape cue]

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Wagner Gotterdammerung (Keilberth Bayreuth 1955) [ape cue]

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Name:Wagner Gotterdammerung (Keilberth Bayreuth 1955) [ape cue]

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Por fin llegó El ocaso de los dioses y ya tenemos completo, reluciente, cincuenta y un años después, el esperado primer Anillo en estéreo. Se han cumplido las expectativas, ahora ya sabemos que las dos últimas jornadas fueron lo mejor de un ciclo globalmente sobresaliente y resisten cualquier comparación posible. Lo que anticipé que podría suceder, ya podemos decirlo: dada la calidad artística del conjunto, en estas condiciones técnicas podemos considerarlo sin muchas dudas la versión de referencia. Cierto que en algunos pasajes echamos de menos la profundidad de \\\"Kna\\\", que cala más hondo en la música y en el mensaje. No obstante, conviene recordar que en las tres tetralogías que conocemos por él no todas las jornadas estuvieron al mismo nivel (el \\\"ideal\\\" sería una combinación de funciones de los tres años), Aldenhoff --Siegfried en la segunda jornada de 1957-- es en todo inferior a Windgassen, los \\\"fijos\\\" estuvieron mejor si cabe en 1955 y --esto es definitivo-- el buen sonido monoaural no puede compararse con el atmosférico estéreo de Decca/Testament, al que me he referido extensamente en las anteriores reseñas (ver números 147, 149 y 153 de este boletín). El sonido, de gran calidad en todas las entregas, me ha parecido superior en esta última jornada, sin las ocasionales fluctuaciones de intensidad entre canales y con menor presencia del siseo de la cinta magnética. Hay algún leve error de editing, apreciable con auriculares y escucha atenta, por ejemplo en la Trauermusik (CD 4, pista 14, 3:02 y 5:02), de poca importancia. Si hay justicia en el mundo del disco --en el otro ya sabemos que no la hay--, este Anillo debería arrasar en el apartado de grabaciones históricas en los Midem Classical Awards (1).
En 1955 Keilberth le tenía cogida la medida a la peculiar acústica del Festspielhaus de Bayreuth y a su orquesta, de la que obtuvo unos niveles de precisión en la ejecución verdaderamente asombrosos en obra tan compleja y extenuante. En el Preludio y en la escena de las Nornas se echa en falta la sensación de que asistimos al principio del fin de un orden, el sentido de lo inevitable del destino, un destino cuyo motivo hace ya su aparición en 1:13 del Preludio. La creciente inquietud de las Nornas ante el enmarañado devenir de los acontecimientos no termina de encontrar eco en el foso, aunque el oyente sucumbe ante el bello sonido orquestal y la impecable labor de la cuerda --extraordinarios chelos en el amanecer, admirablemente captados por los micrófonos de Decca--. Esos veinte minutos son todo lo que necesita Keilberth para centrarse y empezar a mandar. Desde que comienza el dúo Zu neue Taten la
representación rozó la perfección. Keilberth es un eficaz narrador que huye de personalismos, de excesos, y despliega los entresijos de la partitura con maestría e infalible sentido del drama (¿qué le pasaría en La Valquiria?). Se hace difícil destacar ejemplos aislados, pero causan una impresión imborrable la vela de Hagen, con unos magníficos metales (CD 2, pista 4), el Preludio del segundo acto y el motivo de la espada, molto crescendo, irrumpiendo en la soberbia Trauermusik (CD 4, pista 14, 2:30)
El reparto habitual se supera a sí mismo. El caso de Windgassen es digno de estudio. ¿Qué importa que la voz no sea la idónea para la parte de Sigfrido cuando se posee todo lo demás en abundancia? Cada nuevo ejemplo de su quehacer en los gloriosos años 50 es una lección de inteligencia, musicalidad, sensibilidad, resistencia y canto expresivo apoyado en una sólida técnica vocal. En la gran escena del juramento del segundo acto (CD 3, pista 12) pone a prueba los reflejos de Keilberth y la orquesta, que han de perseguirle a marchas forzadas o parar a esperarle. Cosas del directo. La recientemente fallecida Varnay es, como siempre, una Brünnhilde inconmensurable: matizada, precisa, luminosa en el agudo, regulando, controlando su generoso caudal, haciendo inmaculadamente adornos que requieren una laringe ágil, no siempre compatible con semejante volumen. En opinión del firmante, el torvo, viscoso, perverso Hagen de Greindl no ha tenido igual. Espléndida la pareja de guibichungos, la sentida, dulce, desvalida Gutrune de la holandesa Gré Brouwenstijn, y el gran Hermann Uhde, el mejor Gunther, inseguro, noble y débil a un tiempo, papel menor que parece escrito para su voz y que él dignifica y eleva. La escena de Waltraute, con una convincente Maria von Ilosvay --el único pero que cabe ponerle es el pobre La4 con que se cierra su intervención, que apenas sirve para ganar una apuesta-- queda para el recuerdo. El trío de ondinas está más fino que en El Oro del Rin y convierte la otras veces aburrida primera escena del tercer acto en una delicia. No pasa desapercibida la breve intervención de Neidlinger, Alberich incomparable. Por último, con este sonido, escuchar a los imponentes pitzianer, viriles y disciplinados, es una fiesta para los oídos.
Por alguna razón no aclarada (inexplicablemente Testament no lo menciona en la notas), la segunda escena del tercer acto pertenece al otro ciclo de 1955, también grabado por Decca, con el Gunther de Hotter --y la Brünnhilde de Mödl, que no interviene en esta escena--, claramente reconocible en la frase \\\"Du mischtest matt und bleich dein Blutt allein darin\\\" (CD 4, pista 9, 0:17). En la tercera escena, Gunther es nuevamente Uhde. ¿Estaría tocado Windgassen en la narración de Siegfried y en sus últimas palabras antes de morir, de modo que ha habido que recurrir a tomas del segundo ciclo? ¿Se haría Decca un lío con las cintas originales? ¿Se lo ha hecho Testament? Espero que, como era su intención, Testament acabe publicando al menos el Ocaso del segundo ciclo y aproveche la ocasión para explicarnos lo sucedido.
Medio siglo después de estas memorables funciones, el loable empeño de Testament rinde tardío homenaje a Joseph Keilberth, el especialista, el director sabio adorado por los cantantes, el segundón, siempre a la sombra de \\\"Kna\\\" y Clemens Krauss. Los resultados que estos discos evidencian sólo están al alcance de unos pocos. Testament nos ha hecho un regalo impagable a los wagnerianos. No me cansaré de repetir que la conjunción, en los años 50, de la dirección de escena renovadora de Wieland Wagner, que hizo época, directores de orquesta comprometidos con Wagner y el Festival de Bayreuth, una orquesta y un coro de músicos entusiastas y entregados y el mejor grupo de cantantes-actores jamás reunido dio como resultado el mejor Wagner --tomado en conjunto-- del que tenemos constancia discográfica. Y poder disfrutarlo en estas condiciones técnicas era poco menos que un sueño impensable. Desde entonces, una variante no letal de la maldición del anillo parece haber golpeado a los intérpretes wagnerianos. Una vez más, la escucha de registros como éste y la comparación con la evolución posterior hace que, como Hagen, nos preguntemos: \\\"¿Quién heredará el poder de los eternos?\\\"

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